Un adelanto: “Poesía” de María Zambrano

En el quinto número de América Invertida, pronto a ver la luz, para la sección de América Pensada tenemos la fortuna de contar con una joya en la historia del ensayo poético en lengua española; un texto que cristaliza de manera magistral, exquisita, lo que ese espacio de la revista busca propiciar: pensar la poesía, poetizar el pensamiento. Hasta sus últimas consecuencias. Se trata de “Poesía”, un ensayo de María Zambrano que fue publicado por primera vez en 1939, por la universidad mexicana de Morelia, como parte del libro Filosofía y poesía.

Para degustar, les dejamos este maravilloso fragmento:

 

Así el poeta. El poeta antes que nada y ante todo, es hijo. Hijo de un padre que no siempre se manifiesta. Lo hemos definido como amante, anteriormente, pero la verdad es que antes que amante es hijo, o más verdad todavía: es el hijo amante, el amante que une en su ilimitado amor el amor filial con el enamoramiento. Filial, porque se dirige hacia sus orígenes, porque todo lo espera de ellos y por nada está dispuesto a desprenderse de lo que le engendrara. Y enamorado, porque está absorto en ello con las mismas exigencias, las mismas locuras y desvaríos del amor de los amantes. Baudelaire mártir de la poesía; ¡qué claramente lo muestra!

Amor a los orígenes y descuido de sí. ¡Cómo va a cuidarse, si todo lo espera! Y lo que espera justamente es no tener, sino recibir. A la inversa que el filósofo, no se sentiría colmado con lo que recibe de las manos del padre o de la madre si no lo recibiera, porque no es lo importante el ser; su donación es lo que le colma. Y sin don­ación, el ser para nada le serviría. Mientras para el filósofo, si la voz al fin hubiese dejado oírse, habría caído en la cuenta, tardíamente, de que no era eso lo que quería, lo que necesitaba.

Y así, el filósofo parte despegándose en busca de su ser. El poeta sigue quieto esperando la donación. Y cuanto más tiempo pasa menos puede decidirse a partir. Y cuanto más se demora el regalo soñado, se vuelve hacia atrás. Parte, entonces, pero es hacia atrás; se deshace, se desvive, se reintegra cuanto puede, a la niebla de donde saliera… “Y pobre hombre en sueños / siempre buscando a Dios entre la niebla”.

Y aún puede suceder que el misterio de la voz resuene, que dibu­je su presencia el rostro esperado y temido, y la conmoción sea tal: temor a escuchar al fin, lo que se espera, amor que no qui­ere despegarse, terror de ser, por último, uno mismo y en soledad, oculto afán de seguir en dependencia y en anhelo, que se rehúya el instante, que se emprenda la marcha, la veloz carrera, huida ante la revelación. Cuerpo perseguido. El poeta acosado por la gracia, temeroso y esquivo: Tragedia, agonía del que tiene y se espanta de tanto tener, de acabar de tener al fin, pues que la vida, al marchar por el tiempo en la cadena de los seres, en la comunidad de las criaturas, quedaría rota si la voz se oyera. Porque quizá esta cria­tura, poeta del poeta, no pueda aceptar su ser, no solamente si no le viene dado sino todavía más: si no le es dado al mismo tiempo, a los que con él van.

Entonces la poesía es huida y busca, requerimiento y espanto; un ir y volver, un llamar para rehuir; una angustia sin límites y un amor extendido. Ni concentrarse puede en los orígenes, porque ya ama el mundo y sus criaturas y no descansará hasta que todo con él se haya reintegrado a los orígenes. Amor de hijo, de amante. Y amor también de hermano. No solo quiere volver a los soñados orígenes, sino que quiere, necesita, volver con todos y solo podrá volver si vuelve acompañado, entre los peregrinos cuyos rostros ha visto de cerca, cuyo aliento ha sentido al lado del suyo, fatigado de la marcha, y cuyos labios resecos de la sed ha querido, sin lograrlo, humedecer. Porque no quiere su singularidad, sino la comunidad. La total reintegración; en definitiva: la pura victoria del amor.

 

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María Zambrano. Vélez-Málaga, 1904 – Madrid, 1991. Pensadora, filósofa, ensayista y, en ocasiones, poeta. A lo largo de su obra desarrolló el concepto de razón poética, que es, probablemente, una de sus mayores aportaciones a la his­toria de la filosofía. Discípula de Xabier Zubiri y de José Ortega y Gasset, formó parte de las Misiones Pedagógicas de la España republicana. A principios de 1939 comenzó su exilio, que la llevaría por Cuba, Puerto Rico, México, Francia, Italia o Suiza, hasta su regreso a España en 1984. Además de sus libros, publicó numerosos artículos y ensayos en revistas como Cruz y raya, Hora de España, Revista de Occidente, Ínsula, Orígenes o La Verónica. Entre sus obras más importantes se encuentran Filosofía y poesía (1939), El hombre y lo divino (1955), Persona y democracia (1958), o Claros del bosque (1977).

 

 

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