La ciudad de Gonzalo Millán

Amanece.
Se abre el poema.
Las aves abren las alas.
Las aves abren el pico.
Cantan los gallos.
Se abren las flores.
Se abren los ojos.
Los oídos se abren.
La ciudad despierta.
La ciudad se levanta.
Se abren llaves.
El agua corre.
Se abren navajas tijeras.
Corren pestillos cortinas.
Se abren puertas cartas.
Se abren diarios.
La herida se abre.

 

Nacido en Santiago, Gonzalo Millán (1947-2006) es una de las voces imprescindibles de la generación del sesenta en Chile. Con una propuesta poética marcada por su relación con las artes visuales, la dictadura y el exilio en Canadá –que sería el comienzo de una serie de viajes–, la obra de Millán ha sido leída y ponderada como objetivista, fotográfica, crudamente cotidiana. Su obra, según Bolaño, “una de las más consistentes y lúcidas ya no sólo en el panorama chileno, sino latinoamericano, se erige durante algunos años como la única poesía civil frente al alud de poesía sacerdotal”.

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El mismo Millán diría, en una entrevista sobre su poesía:

Cuando me hablan de objetivismo, yo digo que no fue una cosa buscada, sino que todo eso sale de lo que llamo “proclividad innata”. Toda la gente tiene formas de usar los sentidos, yo musicalmente no funciono mucho, en cambio lo visual determina en gran parte las características de mi poesía. Y así he descubierto que mi memoria es más espacial que temporal. Si cierro los ojos puedo reconstituir en detalle cualquier imagen casi fotográficamente. Y así en los versos comprimo la frase, intento decir lo máximo con el mínimo de palabras. Los medios de masas también nutren la imagen y ahí nacen las referencias intertextuales, como al cine o a la pintura. Me choca en el lenguaje escrito el uso excesivo de palabras, de palabrerías superfluas, por eso trato de comprimir la frase, traducirla.

Uno de sus libros más importantes, La ciudad, comenzó a gestarse en Canadá, bajo el influjo de su situación personal de hispanoablante enfrentado al aprendizaje y vivencia de y en otra lengua:

Después de Relación personal escribí un libro muy introspectivo, que se llama Dragón que se muerde la cola, son poemas del doble, figura que me ha acompañado siempre, y a la par empecé a escribir versos totalmente objetivos sobre refrigeradores, autos, electrodomésticos… Entonces se dio simultáneamente un extremo subjetivismo y objetivismo. Y de ahí llegué a un diccionario en el que hallé truismos, que son verdades mínimas, como decir “la nieve es blanca”, donde no hay verdad filosófica. De ese absurdo estético creé una materia prima. En Canadá, al tener que aprender inglés y enseñar español, me encontré en una situación de crisis lingüística. Y con ese material comencé a construir esa visión de la ciudad del Cono Sur bajo una dictadura militar, aplicando un español estándar.

 

El Sur no dejó de ser su norte. Hoy, devolvemos la mirada a Millán, desde ese, su norte, una ciudad al fin del mundo, que lamentablemente sigue buscando su norte en el Norte y no donde ha de seguir estando, aquí mismo, en el Sur.

Les dejamos el libro La ciudad en formato digital, liberado y descargable gracias a Memoria chilena.

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